El lote al lado de la casa de mis abuelos estaba maldito. Una monja, Flor Alba Nuñez, 27 años, murió asesinada en ese lugar a manos de un par de malvivientes que antes la despojaron de sus hábitos y la violaron. Éso pasó en el 65, cuando mis abuelos recién se habían mudado a la Bella Suiza y todo eran potreros y para cruzar la 127 había que pasar por encima de un tronco que hacía de puente sobre el riachuelo. En la casa nadie escuchó nada pero al otro día, cuando mi mamá iba para el colegio, vio a la policía rondando y haciendo preguntas y por la noche mi abuelo discutió el asunto durante la cena familiar; por un rato quedaron prohibidas las salidas nocturnas para todas.

En el lote no se podía construir nada. Muchos lo intentaron y fracasaron. La lista de constructoras que sufrieron millonarias pérdidas por no hacer una cuidadosa investigación histórica del predio es interminable. En la casa hacíamos apuestas de cuánto se demorarían en renunciar a construir, cuántas apariciones resistirían, cuántos susurros lastimeros en el medio de la noche serían suficientes para que el celador de la obra renunciara irrevocablemente, cuántos obreros tendrían que caer de los últimos pisos construidos a medias escapando de la monja malherida que pedía ayuda. «¿Y qué pasó?», me preguntan siempre cuando cuento esta historia. No pasó nada, nosotros nos fuimos, mi abuela vendió la casa. La última vez que pasé por ahí el lote seguía valdío con el pasto alto, verde y reluciente y un anuncio viejo que dice SE VENDE y luego un teléfono.

Los japoneses son mejores contando esas historias. En Cursed ('Chô' kowai hanashi A: yami no karasu) una pequeña tienda autoservicio está maldita. ¿Por qué nadie compra en la tienda? Sencillo, todo aquel que compra, muere inevitablemente al caer la noche. Algunos son arrollados inmisericordemente por camiones de pan, otros se suicidan escapando del horror de las visiones, otros simplemente se esfuman en la oscuridad de corredores oscuros desde donde las voces los llaman, les piden que vengan, que los ayuden, que les devuelvan lo que han perdido. «¿Y qué pasa?», preguntan de nuevo. No pasa nada, la tienda sigue ahí, con sus tenebrosos propietarios (versión japonesa de los protagonistas de American Gothic) que limpian juiciosamente la entrada con agua a presión todas las mañanas para remover los restos de sangre de los cuervos suicidas que, enloquecidos, se abalanzan sobre las ventanas de la tienda. «¡Limpia la sangre!», grita la mujer lisiada mientras el anciano se rie y manipula la manguera esfumando la sangre, alimentando el subsuelo y los restos de los hombres que fueron enterrados bajo las bases de la tienda. A los muertos que no quisieron morir les hace falta la sangre, por éso matan. Y bueno, también porque les gusta.

Esta película debería ser un ejemplo obligado para todos esos Wes Cravens que pululan por ahí haciendo peliculas de terror de mala calidad que más parecen comedias. Los japoneses de Cursed nos dan una lección de como crear y explotar una atmósfera enrarecida y macabra sin exceder un presupuesto que estoy seguro estaba por debajo del de tantas House of Wax que han salido recientemente. La música, la iluminación, la actuación, el manejo de la tensión y el uso moderado de efectos especiales son perfectos. Curioso que sea Japón el que nos brinde el siguiente paso evolutivo tras Argento et al. Con lo amables que son los japoneses, uno no se los imagina en ésas. Claro que lo mismo se puede decir de los italianos y fíjense las joyitas con las que salieron.

Ahora que lo recuerdo, yo también contribuí a la maldición del lote al lado de la casa de mis abuelos: dos de mis gatos y uno de mis perros fueron enterrados ahí, también una vez hicimos una hoguera. Esas cosas ayudan.