Doctor Pasavento
Me transformé en una figura de libro, una vida leida. Lo que siento es (sin yo quererlo) sentido para escribir que se sintió. Lo que pienso aparece enseguida en palabras, mezclado con imágenes que lo descomponen, abierto en ritmos que son algo distinto. De tanto recomponerme acabé destruyéndome.
B. Soares, Libro del desasosiego
Cuando yo era niño, David Copperfield, el mago con nombre de libro, desapareció primero un elefante y luego la estatua de la libertad en directo por televisión. Me acuerdo que vi el acto y quedé pasmado. ¿Cómo era posible semejante prodigio? Luego, más viejo, descubrí que por razones menos mágicas la gente también desaparecía. De la vida de uno, algunos, y de la de todos, otros más. El protagonista de Doctor Pasavento quiere desaparecer, dejar su vida de escritor público. «La fama eclipsa, impone barreras sobre el individuo y lo fuerza un poco a dejar de ser», eso se lo escuché decir en una entrevista a Angelina Jolie. Ese ser público es un ente genérico impuesto por los demás, sin verdadera voluntad ni identidad. No es de sorprenderse, entonces, que algunos se harten y escapen de la fama desapareciendo para así volver a ser, digamos, de carne y hueso.
La historia de la desaparición del escritor Andrés Pasavento es contada por sí mismo a manera de diario. Este diario es a su vez un ensayo sobre la desaparición centrado en la figura del escritor suizo Robert Walser, la historia de una obsesión por la rue Vaneau de París, que poco a poco se torna en el establecimiento de una teoría conspiratoria en la que dicha calle juega un rol central, y un libro de viajes ficticios y reales que Pasavento y sus nuevas identidades emprenden en busca de un lugar para volver a ser sin el lastre de lo que habían sido. De paso termina siendo una inmersión lenta en la locura y la aceptación de la misma vista a través de los ojos del que la padece.
Con esta novela, Vila-Matas continua una serie que, por poner un punto de partida, inició con Bartleby y Compañía o tal vez con Suicidios Ejemplares. El tema es el lento hundimiento en la nada: morirse, dejar de escribir, dejar de ser, desaparecer para ser otro. En varias partes lo he visto decir que el tema de Bartleby no son las razones para dejar de escribir sino todo lo contrario, las razones para hacerlo. En Doctor Pasavento evidencia más esa idea permitiéndonos presenciar muchas veces durante el transcurso de la misma la creación de lo literario cuando el protagonista está supuestamente dejando la literatura. El acto de dejarla lo obliga a contar, a escribir. Viene y va, va y vuelve. El libro es un vaiven, una discusión a varias voces —que en realidad son solo una— sobre la labor de escribir y las maneras de hacerlo.
Hay una reflexión recurrente en Vila-Matas con respecto a la dualidad realidad-ficción. En esta novela, al mismo tiempo que retoma el tema, el catalán ejecuta varios juegos de ejemplificación del proceso: ficciones dentro de ficciones que terminan siendo realidades, viajes físicos de lo real a lo fantástico y de vuelta —en los cuales lo real luce a veces más irreal que lo fantástico—. El ejemplo se hace aún más notorio cuando se acompaña de una lectura previa de El viento ligero en Parma, su reciente libro de ensayos, y se observa como temas allí tratados son recompuestos y modificados en la novela para hacerlos parte de la narración.
Diez años después de la desaparición de la estatua de la libertad, un programa de televisión desenmascaró el truco descubriendo, a los pocos que lo recordábamos, que el hecho de que la estatua no se viera no significaba que no estaba allí. Uno de los entrevistados añadía que no se dió cuenta lo grande que era la estatua sino hasta que dejó de verla. Así mismo, el recuento de la aventura del desvanecimiento del Doctor Pasavento es la mejor manera que él encuentra para dejarse ver y, tal vez, la mejor novela que jamás publicó. El vive feliz, no se preocupen, ayer lo vi. Está gordo y aprendió a cocinar, dejó la lectura y ahora sólo ve televisión, se rie mucho y está perdiendo el acento. Me dijo que nos recordaba con mucho cariño, que gracias por haberlo olvidado.

Luna dijo
eso me recuerda a ese personajillo que en calles de nueva york desaparece cosas, personas, levita y hace trucos aparentemente inexplicables. Yo soy una incredula, pero jamas cambiaba el canal.
2 Octubre 2005 | 04:18 AM