La candidez (egomaniaca) del Borges viejo contrasta horriblemente con la parquedad (igualmente egomaniaca) del Juan Rulfo viejo. Al final ambos padecen la misma vanidad que tanto denuncian. Ambos son víctimas de los elogios (merecidos o no) que recibieron, ambos lucen débiles frente a una cámara, entrecortados. Borges seduce con su prepotencia, su memoria inmensa y su rostro ciego y sonriente. Rulfo es amargo y seco, no es feliz. Al menos Borges se arrepiente de no haberlo sido.

(Me refiero a las entrevistas a estos escritores que hacen parte de la serie A fondo de TVE presentada por Joaquín Soler Serrano. Patético entrevistador, por cierto.)